Libertad y Responsabilidad

. martes, 27 de octubre de 2009
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Por Roque Morán Latorre. La búsqueda incesante del ser humano por el éxito es análoga al esfuerzo por lograr su felicidad, éste puede ser un concepto inequívoco, como éxito y felicidad podrían ser términos homónimos; mas, para cada ser humano, esas metas pueden ser distintas. ¿Qué significa entonces “éxito empresarial”? “No puede haber empresas exitosas en sociedades fracasadas” es una célebre máxima que nos invita a reflexionar, a observar con gran expectativa, si el uso de la libertad de las personas, del empresariado pequeño, del mediano y del grande, de la ciudadanía común y, sobre todo, de las y los líderes, está en clara coherencia con el ejercicio de su responsabilidad personal. La llamada responsabilidad social no es más que la realización tangible del uso de la libertad, pero con responsabilidad, que surge del ser humano privilegiado con valores trascendentes.

Si alguien logró hacer una profunda y clara analogía entre libertad y responsabilidad, fue el austríaco Viktor Emil Frankl (1905-1997), médico neurólogo, siquiatra, sobrevivió al holocausto judío; creó la Logoterapia, denominada la tercera escuela vienesa de psicología; escribió más de 30 obras, traducidas a cantidad de idiomas, diseminó cursos, conferencias y cátedra por todo el mundo y se hizo merecedor a 29 doctorados Honoris Causa por prestigiosas universidades. Su pensamiento trascendió las tendencias de sus antecesores Freud y Adler, al convertirse involuntariamente -él mismo- en un conejillo de indias de su Logoterapia y comprobar, por experiencia propia, que resultó totalmente atinada. Su vida -si es que la podemos llamar así- en los desalmados campos de concentración de Auschwitz y Dachau fue su auténtico y dramático laboratorio, nada igual, para dar forma y madurar su creación intelectual que le guió, entre muchos aspectos, hacia una certera comprensión del significado del dolor y del sufrimiento de los seres humanos y a poder explicarnos que, si bien es cierto que nuestra psicología se manifiesta por las propias vivencias pasadas, nuestro verdadero motor de vida, nuestras motivaciones, nuestra visión de futuro, nuestros objetivos del presente y del mañana, son factores determinantes en nuestra conducta personal, en el auténtico sentido de nuestra propia existencia, en nuestra razón para vivir.

Donde no existe responsabilidad la libertad es inservible. Sobre esto recuerdo haber leído, con vivo interés, la experiencia de una idealista mujer, Svetlana, ciudadana común pero de gran preparación académica y cultural –más de lo que le permitía su radical entorno social, político y económico- que sobrevivía en uno de esos países tras de la Cortina de Hierro, que soñaba con la ansiada libertad, en medio de un régimen totalitario extremo; apenas cumplidos sus treinta y cinco años de edad, fue testigo del derrumbamiento del comunismo y, por la oportunidad que le brindó la vida, pudo viajar lejos, a ejercer un trabajo seguro, bien remunerado, en uno de esos “grandes” países donde su ensueño había idealizado, como el paraíso, el ejercicio de la libertad.

Ni bien empezó su trabajo y su acercamiento, de manera paulatina, a esa sociedad, se fue percatando de las caras ocultas de la llamada libertad: codicia, desenfreno, intolerancia, hipocresía, explotación, egoísmo, superficialidad, despilfarro; tanta fue su decepción que llegó a cuestionarse si el régimen extremo en el que vivía antes sería preferible al que estaba viviendo; finalmente, tras un largo período de sufrimiento y de adaptación inteligente, sin sucumbir ante los vicios de esta cultura de “libertad”, se dio cuenta que todo dependía del buen uso de su propia libertad que sin responsabilidad todo sería tan sólo un rastrero libertinaje.

Tanto el Dr. Frankl, como Svetlana, cada quien en su respectivo andarivel, son seres que nos dejan lecciones profundas, reflexiones que nos “mueven el piso” y nos inducen a cuestionar el sistema de sociedad que, a inicios del siglo XXI, estamos viviendo.

Hablar de éxito es relativo. Cada ser humano tiene su propia concepción y calificación del éxito. Cuando hablamos de países “desarrollados”, como el que acogió a Svetlana, la mayor parte de gente podría decir que son naciones de éxito, sin embargo, la “crisis” ¿no es resultado del mal uso de la libertad en esos países? ¿Es eso acaso éxito?

La interminable discusión acerca de qué es más importante, el capital o el trabajo, la supremacía del libre mercado o del centralismo controlador a través del estado, no parece darnos luces claras, sino mostrarnos el conflicto recalcitrante de intereses personales, o de grupo. Acerca de estos temas, las obras del escocés Adam Smith (1723–1790), calificado como el fundador de la economía, filósofo y pertinaz investigador de la ciencia económica y también del comportamiento humano, defiende, como origen de la riqueza, el trabajo, pero afirma -de manera categórica- que si la virtud personal se resquebraja, ni el libre mercado ni la democracia prevalecerían.

El pensamiento de Smith afianza, entre muchos aspectos que, si no hay, antes que cualquier otra cosa, el uso inteligente de la libertad, de la responsabilidad personal, no se puede hablar de responsabilidad social. Miremos sino la formación que han recibido muchos, cientos de directivos, altos ejecutivos de grandes organizaciones, en aquellas afamadas escuelas de dirección de empresas, cursos de altas inversiones, con profesores renombrados, abarcando interesantísimos campos de enseñanza, entre los que sí se habla de ética y de valores trascendentes ¿cómo ha resultado la aplicación práctica de todas aquellas enseñanzas? ¿Fue sólo un pasar por esas aulas? ¿Fue sólo un cartón más en la colección de “diplomitis aguditis” que adolece la sociedad actual? Ese fue motivo de conversación con el director de una bien posicionada “busines school” de nuestro país cuando analizábamos la forma de evaluar los frutos de los diversos programas impartidos; el suscrito mantenía en ese entonces –y hasta ahora defiende- el punto de vista de que la forma óptima de evaluación sería palpar los frutos obtenidos, las mejoras en la sociedad ecuatoriana, aún más si la gerencia de cúpula de las más destacadas empresas de las ciudades más importantes del país, ha sido su alumnado.

¿Se puede evaluar el buen uso de la libertad?... Sólo el ejercicio de la responsabilidad puede sellar, de forma positiva e indeleble, las acciones de los seres humanos. Siga leyendo >>>

Empresa Socialmente Responsable... ¿Ser o parecer?

. domingo, 4 de octubre de 2009
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Por Roque Morán Latorre.

APARIENCIAS
Fácil es percatarse que en nuestra sociedad mucho se vive de las apariencias. Explicable esto si palpamos que hoy se valora más el poseer que el ser. Esta es una de las consecuencias de que aquellos valores, como la sinceridad y la veracidad, están opacados en un mundo donde prima la hipocresía, el afán de protagonismo y la vanidad.

En varias ocasiones una organización cazatalentos me solicita que les proporcione algún criterio para la calificación y selección de participantes finalistas en concursos para ocupar cargos de responsabilidad en sus empresas clientes. Esto me resulta interesante, hasta emocionante. Para pretender ser objetivo en mi apreciación, sigo un personal esquema que me ha resultado eficaz: primero, un análisis de su hoja de vida, luego, una revisión de las pruebas psicotécnicas y, lo que valoro -como más importante-, una profunda conversación, de aproximadamente unos cuarenta minutos de duración, donde les puedo mirar a los ojos, escuchar sus voces y les invito a que me compartan, entre varios temas, sus ideales y objetivos de vida. Una de las preguntas obligadas que les solicito responderme es “¿podría decirme algunos de los valores que usted practica?”

Las respuestas que recibo son bastante similares y contestadas a un ritmo, más o menos, rápido; pero, de repente, con toda la intención, interrumpo esa cadencia continua y les pregunto “¿me puede decir alguno de sus defectos?”. Se produce un silencio breve, de un par de segundos, tal vez tres, matizado por una actitud de incertidumbre de la persona entrevistada: “bueno, creo que… soy un poco impaciente”. Pienso en silencio, muy dentro de mí: “al fin, al fin, alguien capaz de descubrirse algún defecto”. Pero casi de manera inmediata a ese defecto desenmascarado le sigue un “es que… soy impaciente porque me gustan las cosas rápidas y bien hechas”.

Esa resulta una pequeña muestra de que para autojuzgarnos lo hacemos con demasiada generosidad, descubrimos adentro lo más florido de las cualidades pero, al intentar encontrar nuestros defectos, nos resulta una tarea más que imposible. Eso es vanidad pura y orgullo pulido. Si pensamos que las empresas son organismos vivos que tienen –guardando las proporciones- similares características que los seres humanos ¿cuán capaces son de reconocer ciertos defectos y de auto valorarse en una justa medida?

AUTENTICIDAD
Difícil lograrla. Pero quizás sí sea posible. Todo depende de cuánta sinceridad estemos en disposición de tener, de cuán capaces sean las empresas de ser genuinas. Recientemente leímos un artículo -con el que estamos de acuerdo- en el que se afirmaba que la responsabilidad social es, debería ser, voluntaria, pero que la Transparencia es obligatoria. Si venimos pregonando que ‘nadie da lo que no tiene’ ¿cómo una empresa que tiene algo que esconder, que tiene –como suele decirse- ‘rabo de paja’, puede ser transparente? A esto se suma la decisión -tal vez errada- de algunas organizaciones, de mantener un perfil bajo, rehuyendo el ‘riesgo’ de mostrarse en una vitrina de exhibición.

Me viene a la memoria una interesante conversación con el presidente de una grande empresa -que no está más en Ecuador- a quien le hicimos una comedida observación acerca de racionalizar su publicidad, autoalabanza y marketing social, por cierto, abundante y con alta inversión, con lo que estuvo de acuerdo pero, desafortunadamente, fue demasiado tarde, algunos de sus grupos de interés habían reaccionado con animadversión y fueron los detonantes para que se marchara del país.

“Ni mucho que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre”... ¿Dónde está el punto de equilibrio en mostrarse y en cuánto mostrarse para no provocar suspicacias en los grupos de interés? La receta es simple: antes de nada, ser -de manera auténtica- socialmente responsable, dentro de casa primero y sólo entonces la estrategia de comunicación resultará sencilla, fácil y desde luego con una mínima inversión.

DAR LO QUE SE TIENE SIN SÓLO APARENTAR
La forma idónea de ser socialmente responsable es la de orientar a la organización hacia una cultura de responsabilidad social, eso sí, vivida de manera tangible desde sus líderes, procurada como eje transversal a todas las áreas de la empresa y diseminada hacia su cadena de suministro. Frecuentemente las empresas emprenden con ‘programas de responsabilidad social’, en otros casos, elaboran memorias de sostenibilidad, ambas loables pero ninguna de las dos garantiza la viviencia de una auténtica responsabilidad social.

Lo recomendable es implantar, con base en un modelo, un sistema de responsabilidad social, cuidando que éste incluya todos los elementos posibles, de una manera íntegra e integradora y todo lo demás saldrá por añadidura, como conclusión natural, espontánea, de lo actuado y practicado. Deseable es que ese modelo implantado pueda ser verificado por cualquiera de los stakeholders de la organización, óptimo –pero no indispensable- es que pueda darse una auditoría de tercera parte, con alguien idóneo y no, como alguna empresa lo hace, con la misma persona o asesoría que le ayudó a elaborar su memoria de sostenibilidad o, igual de desacertado y anti ético, verificado por alguien sin el respaldo de experiencia y de conocimiento, allí sí, indispensables.

LÍDER SEGÚN FRANKL Y JASPERS
Implantar un cultura se responsabilidad social podría estar vedado para algunas empresas pues en la mente de sus líderes correspondientes no está arraigado un bagaje de principios y de valores. Eso es categórico. Reflexionemos brevemente en el pensamiento acerca de lo que significa ser líder, primero, del psiquiatra austríaco Viktor E. Frankl: “líder es el que empuja a los demás a elevar el concepto de su propia identidad y a reflexionar sobre el contenido que pueden dar a sus vidas” y, la de un filósofo, y también psiquiatra, el alemán Karl Jaspers: “a interiorizar desafíos, a ser más humanos, más éticos, más libres, a elevarse por encima de sus preocupaciones, en una palabra… a autotrascenderse”. Ése es el liderazgo idóneo para la responsabilidad social, para no sólo parecer sino para ser, con autenticidad, con fundamentos arraigados en cimientos profundos, que conduzcan a una organización a convertirse en socialmente responsable. Siga leyendo >>>